Trasversales
Miquel Monserrat

Sadam condenado a muerte


Revista Trasversales número 4,  versión electrónica, otoño 2006


Sadam Husein ha sido condenado a muerte, dice la radio. Sadam Husein, sin duda alguna, es un asesino sin escrúpulos. Si la pena de muerte fuese aceptable, él se la merecería, como otros tiranos (Pinochet, por ejemplo). De todos los condenados a muerte que hoy hay en el mundo, Sadam es el último por el que yo me implicaría en una campaña pidiendo que no sea ejecutado.

Pero la pena de muerte es inaceptable, sea cual sea la bajeza del condenado y la criminalidad de sus actos. La pena de muerte es un crimen de Estado, un asesinato innecesario. La pena de muerte mancha de sangre las manos de toda la sociedad, es un salvaje y frío crimen. Por ello, hay que alzar la voz contra ella, de forma absoluta y radical. La pena de muerte debe ser abolida en todo el planeta, ya sea China o Estados Unidos, Irán o Arabia Saudita, Cuba o Irak. Al alzar la voz contra la ejecución de aquellos personajes que más repugnancia nos inspiran, estamos demostrando que no se trata sólo de tal o cual pena de muerte, sino de un rechazo frontal a ella.

Podría entenderse, sin dejar de condenarlo, que Sadam hubiese sido ejecutado "en caliente" por la furia de sus víctimas torturadas, de los familiares y amigos de las decenas de miles de personas que asesinó, si hubiese caido en sus manos. Pero Sadam está siendo juzgado fríamente por un tribunal, no por sus víctimas, en un largo proceso con escasas garantías jurídicas. El hecho de que sea un tribunal títere sometido a la doble presión de una fuerza ocupante y de un gobierno en el que tienen papel destacado fuerzas político-clericales cuyas milicias están asesinando impunemente población civil no cambia la esencia del caso, pero aumenta la ignominia y la atmósfera de farsa.

¿Por qué matar a Sadam? ¿Tal vez para ocultar que Bush ha incumplido su palabra de  hacer todo lo posible para encontrar y detener a Bin Laden? No a la pena de muerte… ni siquiera para verdugos como Sadam o Pinochet. Por decencia.


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