| Josu Montalbán ¿Der qué huyen los inmigrantes subsaharianos? Revista Trasversales número 5, invierno 2006-2007 Josu Montalbán es Portavoz del PSE en las Juntas Generales de Bizkaia La inmigración es ya un “problema”
para el mundo civilizado y rico. La importante oleada migratoria que ha afectado
en primer lugar a España, por ser el primero de los países
con que se encuentran los africanos subsaharianos, ha hecho saltar todas
las alarmas. Según dictan las cifras, en el mes de Agosto han llegado
a las costas españolas más inmigrantes que en todo el año
anterior. Las páginas de los periódicos amanecen llenas de
noticias nada esperanzadoras al respecto. La Unión Europea no parece
dispuesta a dedicar muchos fondos ni medios técnicos, a pesar de las
peticiones del Gobierno español. La inmigración se ha convertido
en un problema político, lo que entorpece considerablemente su solución,
toda vez que se trata de un problema humano, hasta tal punto que son muchos
los africanos que llegan muertos a nuestras costas, o son arrojados al océano
desde los cayucos por sus propios compañeros de viaje, o incluso son
abandonados en pleno desierto sin más avituallamiento que una garrafa
con agua contaminada. Si estos ingredientes no son suficientes para excitar
las conciencias en la búsqueda de una solución compartida es
porque la Humanidad ha dejado de serlo, y ha desheredado a sus hijos más
pobres.
Se trata de resolver las causas adversas que mueven a los africanos a arriesgar sus vidas para facilitar su supervivencia lejos de sus países, sus familias y sus aldeas. Occidente considera que la llegada incontrolada de estos pobres es un problema. Y punto. Sin embargo, el auténtico problema son las condiciones en que viven los futuros inmigrantes, es decir, la miseria que aqueja a los africanos subsaharianos (y a otros ciudadanos del Mundo) por causas estructurales y, además, por la pérdida de valores de la humanidad. Ciertamente, las personas seguimos siendo sensibles al sufrimiento de los otros, pero el colectivo universal que es la Humanidad, no parece dispuesto a funcionar como un ente solidario en que no quepan las exclusiones. Cuando los cayucos cargados de negros famélicos y ateridos de frío han llegado a las playas canarias, los veraneantes no han dudado en auxiliarles, prestarles sus toallas, sus alimentos o sus cremas cosméticas, además del afecto y de los propios brazos para preservarlos del frío. Por tanto, hay valores como el sentido del socorro o la compasión que aún están vigentes. Si los dirigentes políticos fueran debidamente aceptados por los ciudadanos en los países ricos, podrían proponer acciones muy diversas para resolver los problemas en el origen y evitar las oleadas, pero la lucha dialéctica que se entabla entre los partidos, siempre irracional, lo impide. La pregunta que tenemos que hacernos es bien sencilla: ¿de qué huyen los inmigrantes africanos? La respuesta también es sencilla: de la miseria. Se trata, por tanto, de definir y dimensionar esa miseria para intentar combatirla. Pero el diagnóstico exige sinceridad y amplitud de miras. África es un continente que hasta finales del siglo XIX estuvo colonizado. Tuvo mucha más importancia en las mesas de los despachos de los gobernantes de los países colonizadores que en su misma geografía. Sus tierras fueron divididas, siguiendo intereses económicos, con absoluta arbitrariedad, sobre un mapa, a golpe de regla y cartabón. Bien poco importaron los africanos que eran, a la postre, los que iban a disfrutar o sufrir las consecuencias. Antes de la dominación colonial África había sufrido tres siglos en los que el comercio de esclavos había interferido de forma brutal su crecimiento y configuración social. Ya en periodo más moderno las fronteras creadas artificialmente no tuvieron en cuenta ni la implantación de muchos grupos étnicos, ni ecosistemas, ni cuencas fluviales, ni las posibles reservas de recursos naturales, de modo que el conglomerado resultante era casi imposible de gobernar. ¡Tal fue el desaguisado que pergeñó el mundo civilizado para sus antiguas colonias! Por eso, resulta sobrecogedor este rasgamiento de vestiduras ante el hecho migratorio, que algunos llaman “problema” sin ruborizarse. Porque lo que, en todo caso, es un problema es la situación que pueden provocar en el lugar de acogida. Sin embargo, aún no se ha producido ni un solo pronunciamiento, -ni de la ONU, ni del Banco Mundial, ni del FMI, ni de otros organismos internacionales-, que justifique y muestre su comprensión ante el proceder de quienes dejan la miseria para buscar la vida. Sería procedente, como mínimo, evitar el término “ilegales” para nombrarles e inventar otro que, como poco, les eximiera de cualquier culpabilidad. África ha sido excluida de todos los procesos de desarrollo. Es cierto que arrastra una herencia pesada y brutal desde los tiempos de la colonización, en los que las potencias dominantes las utilizaron como bancos de pruebas. Ni la colonización ni la guerra fría que se cebó en varios países tras ella, han conseguido acelerar el proceso de desarrollo del continente. Y es de eso de lo que huyen los africanos, porque hasta ellos llegan las imágenes y noticias relacionadas con nuestro primer mundo. ¿Cómo evitar que quieran vivir en él? Debiéramos coincidir en un principio básico del diagnóstico, y deberíamos coincidir en un plan básico de desarrollo. La Humanidad debe armarse moralmente ante lo que es consecuencia de la profunda crisis que han provocado el capitalismo y la globalización. Como humanos, no tenemos ningún derecho a negar nuestro pan a quienes han tenido la desgracia de nacer y vivir allá. Intentaré diseccionar los hechos reales que provocan la égira de africanos, pero cualquier análisis, por muy meticuloso que se presente, chocará contra la incomprensión de los egoístas y los insolidarios. Peor aún, chocará con la incoherencia interesada de los deterministas que consideran que si los negros africanos fueron predestinados a la miseria fue por algo. Urge en principio que nos armemos moralmente para que podamos ser valientes y justos. PESTES, ENFERMEDADES... La malaria y el Sida, principalmente, constituyen un verdadero azote para los africanos del sur del Sahara. No son necesarias las cifras porque siempre corremos el riesgo al mostrarlas de quedarnos cortos y, en todo caso, de no establecer las proporciones correctas entre población sana y población afectada. En el libro de Jeffrey Sachs, “El fin de la Pobreza”, se relata de qué modo brutal el economista descubrió que el Sida no solo afectaba a las capas más pobres de la población sino que incluso quienes habían acudido, como él, a hacer estudios y elaborar propuestas al continente, caían en la enfermedad porque no se llevaba a efecto ninguna medida preventiva ni paliativa con la suficiente intensidad. Sachs lo expresa de este modo: “El Sida era ya implacable a mediados de la década de 1990, pero lo peor estaba todavía por llegar. La muerte esperaba en la puerta. El Sida no era el único que producía un efecto devastador en la sociedad africana. Enseguida fui consciente de que había otro asesino insidioso: la malaria...Lo que más me sorprendía era, sin embargo, el ensañamiento de la malaria con los niños. Los hijos de todo el Edmundo, -ricos y pobres por igual-, contraían la malaria. Y todos se exponían a graves complicaciones”. Si el Sida es el monstruo de nuestro tiempo por su importante impacto también en las sociedades más avanzadas, la malaria es una gran amenaza que no debe pasar desapercibida, porque aunque tiene tratamiento, que es menos costoso que el del Sida, todavía causa tres millones de muertes al año en el Mundo, la mayoría de ellas en el continente africano. Prácticamente todo el mundo contrae la malaria al menos una vez al año en el África tropical, pero los tratamientos médicos, no llegan hasta los pobres. La otra pandemia bárbara que está asolando África, el Sida, crece en progresión geométrica. Las cifras son espeluznantes. Tienen que ver con las formas de vida y las costumbres de los africanos, principalmente del Sur y del Este del continente, pero tiene que ver sobre todo con el abandono del mundo civilizado y rico que no se muestra dispuesto a intervenir solidariamente para remediarlo o, al menos, atenuarlo. A finales de la década de 1990, en los países ricos, la lucha contra el Sida había abierto grandes esperanzas a los afectados. Se habían diseñado tratamientos que, poco a poco, iban demostrando su eficacia. Sin embargo, aquella esperanza no se abrió para los países de renta baja. En aquel tiempo, según datos suministrados por Jeffrey Sachs, el mundo estaba aportando solo 70 millones de dólares para que toda África luchara contra el Sida. Un representante del FMI señaló que el gasto en sanidad en países pobres con programas de dicho Fondo había aumentado 2,8% entre 1985 y 1996. Lo realmente cierto era que en 1996 sólo se gastaban 10 dólares por persona, a pesar del incremento anunciado. Es cierto que el Banco Mundial y el FMI han estado presentes en África, pero sus créditos no han incidido directamente en la lucha contra las dos lacras fundamentales: la malaria y el Sida. Y es preciso establecer correspondencias evidentes entre la enfermedad y la pobreza. Hay preguntas que nunca han sido respondidas, aunque sean fáciles de resolver, porque llevarían inevitablemente a considerar la culpabilidad que tiene el mundo rico de la miseria que afecta al mundo pobre. ¿Es la enfermedad una causa de la pobreza, una consecuencia de ella, o ambas cosas? ¿Por qué en los países pobres la esperanza de vida es mucho más baja que en los países ricos? (La esperanza de vida en África es de 48 años, más de 30 años más baja que la de los países ricos) Se han identificado ocho razones que ilustran este dato y todas ellas tienen nombre de enfermedad o síndrome: Sida, malaria, tuberculosis, disentería, infecciones respiratorias agudas, enfermedades vacunables, deficiencias nutritivas y partos sin las condiciones adecuadas. Parece lógico concluir que los inmigrantes que acceden en condiciones tan ínfimas a las costas españolas huyen también de todo esto, porque quieren vivir más de cuarenta y ocho años, y saben que en el mundo rico eso no solo es posible sino que es probable. De cualquier manera, surge inevitablemente la más importante pregunta: ¿cuánto debería aportar el mundo rico al mundo pobre para invertir en la lucha contra las enfermedades? Una Comisión dirigida por el propio Sachs concluyó que la ayuda de los llamados donantes debería aumentar de aproximadamente 6000 millones anuales en el año 2000 hasta alcanzar los 27.000 millones anuales en el año 2007. No fue un cálculo a la ligera porque “la suma del PNB de los países donantes ascendía a unos 25 billones de dólares en el 2001, de modo que la comisión propugnó una inversión anual de aproximadamente una milésima parte de la renta del mundo rico. De este modo la comisión mostraba con pruebas epidemiológicas de primera magnitud, que semejante inversión podía evitar ocho millones de muertes al año”. El informe tuvo un eco importante y fue presentado en foros notables, incluida la Conferencia Internacional sobre el Sida celebrada en Durban en julio del 2000, pero los donantes no acogieron el informe con entusiasmo. Puntualiza Sachs: “La afirmación más habitual era que el tratamiento contra el Sida no funcionaría porque los pacientes pobres y analfabetos no serían capaces de cumplir con los complicados regímenes de medicación”. De estos gérmenes brotó el Fondo Mundial de la Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, que recabó los apoyos necesarios de EEUU y de los países del todopoderoso G-8. El futuro es una incógnita aún, pues no en vano la última Conferencia Internacional sobre el Sida celebrada en Toronto no ha arrancado ningún compromiso ambicioso. Pues bien, de estas demoras, de la desconfianza, de la burocratización excesiva, de la desesperanza, de la insolidaridad de los ricos para con los pobres y del abandono también huyen los africanos. Algunos quizás lo hacen sin haber reflexionado lo suficiente, y por eso arriesgan tanto sus vidas, pero huyen de la miseria que mata para vivir en la pobreza que garantiza la vida, solamente la vida, porque en nuestro mundo rico y satisfecho, que vive a costa del mundo pobre, la pobreza es una injusticia llevadera que deja vivir. Aunque se viva malamente. A esa vida mala se acercan los que huyen de la muerte. ESCLAVITUD, COLONIZACION, DESCOLONIZACION.... He oído a un tertuliano de nuestra televisión, -por cierto, un hombre que hace ostentación de su título universitario-, que los negros que llegan a nuestras costas deben ser trasladados inmediatamente a África porque “son responsables exclusivos de su situación de pobreza”. Y lo justificó llamándoles cobardes y desidiosos por no haber luchado resueltamente contra la corrupción que asola sus países, dirigida y protagonizada por sátrapas y gobiernos totalitarios. Auxiliado por otra tertuliana que esgrimía que no se puede desarrollar ningún programa de ayuda humanitaria porque los dirigentes corruptos impiden la llegada a su destino, el tertuliano se permitió una broma macabra al afirmar que lo que está ocurriendo en África es una auténtica “merienda de negros”. ¿No es de un atrevimiento obsceno culpabilizar exclusivamente a las auténticas víctimas de la injusticia, de la propia injusticia? La Historia de África es larga y complicada, tan larga como el tiempo, pero el anecdotario y la lectura de los hechos trascendentales que han motivado la situación actual no puede sustraerse al papel que ha jugado la esclavitud que esquilmó a los pueblos africanos llevando a sus hombres y mujeres más “útiles” a trabajar y servir en las sociedades desarrolladas, ni al papel que ha jugado el colonialismo apropiándose de los recursos naturales, desnaturalizando las estructuras sociales y culturales africanas y abandonando los despojos en manos de pseudomilitares, cuando no caníbales. Esto que parece tan viejo y alejado en el tiempo ocurrió hace solo unos años. Basta con decir que entre 1956 y 1961 alcanzaron la independencia más de la mitad de las antiguas colonias del continente. La historia de la colonización tiene su precedente en las primeras exploraciones, dirigidas por aventureros y navegantes europeos, de las costas occidentales de África, estimuladas por la búsqueda de las nuevas rutas hacia Asia. Hasta el siglo XIX no se generalizaron las colonias del interior. De este modo, el Reino Unido ocupó una gran franja desde Egipto hasta Sudáfrica así como algunas zonas del golfo de Guinea; Francia se asentó en el África noroccidental y ecuatorial así como en Madagascar; Portugal lo hizo en Angola, Mozambique, Guinea y algunas islas estratégicas; Alemania en Togo, Tanganica y Camerún; Bélgica en el Congo; Italia en Libia, Etiopía y Somalia; y España en Marruecos, Sahara y Guinea. La voluntad de tutelar África y adueñarse de sus riquezas fue evidente, tuvo su colofón en 1885 cuando la Conferencia de Berlín se estableció el principio de la ocupación efectiva como forma legitimadora de la ocupación de colonias. ¿Tenemos derecho nosotros a rechazar ahora la colonización pacífica a que nos someten? La aún reciente independencia de aquellas colonias ha tenido lugar hace solo cincuenta años. Y se hizo de forma tan arbitraria, que puso en evidencia todas las miserias y egoísmos en que se fundamentó la colonización. Se produjeron grandes problemas de integración nacional como consecuencia de fronteras implantadas por caprichos que obedecían a los intereses especulativos de los colonizadores. Faltos de unas estructuras geopolíticas y sociales firmes, quedaron patentes importantes déficits estructurales: la población empezó a crecer a ritmos mucho más acelerados que la producción de alimentos. Surgieron importantes brotes bélicos como consecuencia de la separación arbitraria de pueblos por unas fronteras mal dibujadas. La lógica dependencia económica y política con respecto a las antiguas metrópolis y la mala administración ejercida por los gobiernos, -en algunos casos, provisionales, aunque se eternizaran en el poder-, han sido también obstáculos importantes para el desarrollo del continente. A todo esto hay que añadir la abundancia de gobernantes de carácter militar y de corte dictatorial en cuyas manos cayó la mayoría de África. ¿Qué responsabilidad tuvieron las naciones europeas colonizadoras en todo ello? No es lógico poner la descolonización como un ejemplo de la lucha por la libertad de los pueblos y los estados africanos porque, si bien la Conferencia de Berlín reguló e intentó legitimar la colonización, la descolonización no se regularizó ni se planificó en ninguna conferencia, más bien obedeció a una desbandada sin orden ni concierto, como si alguien hubiera dictado la escapada al grito de “el último, puchi”. Cada proceso de independencia adoleció de alguna característica adversa. Los países colonizadores iban abandonando los territorios, si bien dejando al frente de los gobiernos a compinches, con poca preparación política y administrativa en la mayoría de los casos, que fueran fieles a la consigna de favorecer intereses de empresas y organizaciones afines a los colonizadores retirados. En muy pocos casos hubo procesos independentistas sin condiciones previas y, en algunos casos, se produjeron conflictos bélicos que llevaron a auténticos genocidios. Tal se produjo, por ejemplo, en Kenia. En Rhodesia del Sur y Sudáfrica la independencia proclamada por colonos blancos propició bastantes años de apartheid y mucha sangre derramada. La desestabilización de Argelia fue consecuencia, entre otras cosas, del intento de Francia de mantener su supremacía en un lugar estratégico del norte de África. Las condiciones que Francia pretendió imponer a sus ex colonias motivaron también tensión y conflictos, por ejemplo, en Somalia. Algo semejante cabe subrayar en el Congo belga, donde se produjeron importantes enfrentamientos étnicos y la secesión de Katanga, que obligaron a la intervención de la ONU. Resulta curioso que fuera la implantación de una multinacional (tras el asesinato de Lumumba) para la explotación de recursos minerales el acicate más importante para la posterior pacificación. No debe ser pasado por alto el conflicto aún presente en el Sahara Occidental, donde el Frente POLISARIO proclamó por su cuenta la República Árabe Democrática Saharaui. El poscolonialismo se caracterizó por la inestabilidad política, la fragmentación social y el subdesarrollo económico. De todo esto también huyen los inmigrantes subsaharianos. Quienes les recibimos aquí somos los herederos de quienes les infligieron el brutal castigo de la colonización desordenada hasta hace solo 50 años. ¿Tenemos derecho los españoles a cerrar nuestras puertas a cal y canto a quienes fueron igualmente españoles hasta hace bien poco? ¿Tenemos derecho los europeos ricos a abandonar a su suerte a quienes hasta hace 50 años eran súbditos europeos? Gran parte de lo que nos ha hecho ricos fue producido en las tierras pobres de las que huyen los inmigrantes que llegan a nuestros dominios. GUERRAS, REFUGIADOS, DESPLAZADOS, SIN HOGAR... África es un continente en guerra. Múltiples conflictos, de diversas características, tienen lugar en todo el continente. Angola, Burundi, Chad, Congo Brazaville, Liberia, República Democrática del Congo (Zaire), Ruanda, Sierra Leona, Somalia, Sudán, Costa de Marfil, Kenia, Nigeria o Uganda se han visto seriamente afectados por conflictos violentos que han tenido un coste importante en forma de vidas humanas, destrucción de infraestructuras, costes económicos y pérdida de patrimonio, además de desarraigo de los africanos que se ven obligados a vivir en demasiados casos en grandes campos de refugiados, o en países en los que ni han nacido ni han vivido antes. A pesar de todo los conflictos adoptan formas primitivas de luchas tribales, aunque la gran proliferación de ellos encierre causas y consecuencias muy diversas. Mak Duffield considera que las guerras en África responden a tres razones fundamentales: la economía política derivada de las guerras, el subdesarrollo como causa de los conflictos y el comportamiento bárbaro inherente a ciertas civilizaciones presentes en el continente. Ciertamente estas tres razones chocan entre sí porque si las guerras son la respuesta de gobiernos políticos y económicos a su desigual integración en la economía mundial, estos comportamientos tan reflexionados bien poco tienen que ver con el subdesarrollo o los comportamientos bárbaros de los africanos. Hay datos alarmantes que ilustran la vinculación de los conflictos con la economía. En Angola, la UNITA consiguió gracias al comercio de los diamantes más de 4.200 millones de dólares entre 1992 y 2001. En Sierra Leona, tanto los señores de la guerra liberianos como los rebeldes del RUF, obtuvieron más de 120 millones de dólares con el mismo producto. Un panel de expertos creado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas denunció la explotación ilegal de los recursos naturales y otras formas de riqueza en la República Democrática del Congo, en cuyo conflicto bélico se vieron involucrados siete países africanos. Al menos tres importantes redes político-económicas han estado involucradas en el conflicto, además de 85 compañías internacionales conectadas, de uno u otro modo, con dichas redes. En muchos casos las organizaciones internacionales se dedicaron a negociar con los “señores de la guerra” marginando otras iniciativas locales mucho más acordes a la idiosincrasia de los pueblos, que también buscaban la paz. Hay otra corriente de análisis que considera que los conflictos tienen su causa en el subdesarrollo: pobreza creciente, deterioro medioambiental, crecimiento incontrolado de la población, aumento de la exclusión social y la marginalidad, corrupción de las elites y militarismo de las sociedades africanas entre otras. Sin embargo se pueden ver ejemplos de países igualmente pobres en el mundo que gozan de cierta estabilidad mientras otros mucho más desarrollados viven convulsionados, lo cual pone en tela de juicio la relación entre subdesarrollo y conflictos bélicos. Queda por analizar una tercera tesis que define las guerras africanas como nihilistas, anárquicas e irracionales. Según dicha tesis, distintas facciones movidas por odios étnicos ancestrales se dedican a saquear y destruir cuanto encuentran. Estos análisis son peligrosos por cuanto son construidos mediante un discurso racial que jerarquiza a las diversas sociedades, en razón de sus razas, como civilizadas o salvajes. Este discurso explica los conflictos a partir de la consideración de que existen diferentes e irreductibles identidades étnicas, religiosas y culturales. De aquí se desprende una consideración harto delicada por la que se cuestiona la capacidad de algunos grupos étnico-religiosos de convivir pacíficamente en cualquier parte de África y del mundo. Como señala Duffield, esta análisis sustenta a quienes en Occidente defienden políticas como el cierre de fronteras a la inmigración, la crisis del asilo político y humanitario, e incluso la reducción de la ayuda al desarrollo. Esta situación de conflictos generalizados ha provocado importantes dosis de desarraigo. Los africanos han huido de los lugares de conflicto y se han reunido en grandes campos de refugiados donde son atendidos por organizaciones humanitarias. Las cifras de refugiados son escalofriantes. A veces, dichos campos se encuentran en áreas extensas y despobladas situadas a grandes distancias de las ciudades de las que proceden los refugiados. En un continente tan atiborrado de conflictos es difícil encontrar asentamientos idóneos y suficientemente seguros. Hay campos de refugiados en los que viven varios cientos de miles de personas, es decir, tantas como en muchas capitales españolas. Por eso, no pueden asentarse en lugares montañosos o rocosos, ni en zonas inundables, ni en lugares donde no hay agua, ni en tierras infestadas por insectos peligrosos, animales salvajes o minas antipersona. Igualmente se encuentran importantes obstáculos sociales porque los refugiados no gustan de asentarse en lugares en los que no encuentran ningún tipo de afinidad con la población local o más cercana. A estos hay que añadir otros obstáculos derivados de la necesidad de que sean respetados por las autoridades y gobiernos de los países en que estén ubicados los campos, además de que les provean de vituallas y faciliten a las organizaciones humanitarias la entrega de alimentos, de tiendas en las que pernoctar y otros útiles de ayuda. Si a estas personas desplazadas a causa de las guerras sumamos los desplazados por desastres naturales, el mapa de personas que viven en condiciones ínfimas, lejos de sus lugares de origen, es muy nutrido. De los 22 millones de refugiados que hay en el Mundo la gran mayoría viven en África. De los 30 millones de desplazados a causa de catástrofes naturales que hay en el Mundo, una parte muy importante de ellos viven en campos de desplazados de África. Pues bien, también de este modo de vida desarraigado y precario huyen los inmigrantes subsaharianos que llegan a nuestros litorales. No desean caer en una revuelta de tantas como tienen lugar a lo largo y ancho del continente. Huyen de las guerras y huyen de un mar de tiendas de campaña en las que se sienten amenazados. Huyen de aquella sociedad atribulada por el miedo y la impaciencia, en la que la guerra se usa como un instrumento más para generar riqueza a quien la provoca. No desean, por tanto, que nosotros les metamos en lugares semejantes a sus campos de refugiados porque quieren vivir en la calle. Huyen, sí de las guerras y de los guerreros porque, sobre todo, son gente pacífica como nosotros. LA INVASION DE LOS INVADIDOS Tomo prestado el título de una intervención del escritor Eduardo Galeano. De este modo llama a la llegada continua de personas que huyen de la miseria y arriesgan sus vidas para llegar hasta nosotros. Solo quieren vivir. Están dispuestos a trabajar en cualquier función. No les importa que los ricos de la sociedad rica, -que sólo son unos pocos de dicha sociedad-, se hagan aún más ricos a costa de su sudor y de su esfuerzo. Cuando salieron de la miseria lo hicieron convencidos de que viviendo de los desperdicios del primer mundo, estarían mejor que en sus países de origen. Por eso se mostraron dispuestos a todo: a soportar días y noches en un cayuco bajo las nubes, las lluvias o los temporales; a caminar días y días atravesando el árido desierto para llegar a los aledaños de esta Europa que es para ellos la tierra prometida; a saltar muros y alambradas cuidados por perros y soldados fieles a una encomienda tan despiadada como no dejar pasar a nadie. Por eso sienten envidia de los pájaros que sobrevuelan las alambradas sin que nadie les dispare, o de las lagartijas que se arrastran sin que haya una bota que las aplaste. Ellos, que vienen del Sur, de países y tierras invadidas por los imperialistas y colonizadores del Norte, son los nuevos invasores, pero no son como aquellos que eran gentes dispuestas a casi todo con el simple objetivo de imponerse. Estas son gentes con escasos pertrechos, cuya arma más poderosa es la esperanza. El Mundo, al que ellos también pertenecen, les ha asignado un papel, el de los que huyen. Ellos son las hordas sordas que buscan su supervivencia lejos. Para ellos la palabra “lejos” no es sinónimo ni de fracaso ni de tristeza, porque están dispuestos a todo. El nuevo orden mundial no les ha asignado un lugar porque los poderosos que lo vienen pergeñando serían capaces de olvidarse de ese trozo de geografía en que viven, llamado África. Lo quitarían de los mapas, dejarían la superficie que actualmente ocupan en las cartas y documentos geográficos como una gran superficie azul, un mar inmenso que no tuviera nombre, para que ningún aventurero se sintiera tentado a surcarlo y descubriera el engaño. La coartada de los poderosos no puede ser más miserable ni más vergonzante. Europa, de quien cabría esperar la respuesta más contundente, ha perdido gran parte de su dignidad. A pesar de contar con 400 millones de personas, “satisfechas” en al menos sus tres cuartas partes, guarda silencio y no responde a las llamadas de socorro de los inmigrantes africanos. El gobierno español ha alertado a los gobernantes europeos porque es consciente de que los africanos no buscan las costas españolas sino como una primera escala que les instala ya en Europa. El resto de los gobiernos europeos calla miserablemente. De Europa eran quienes invadieron las tierras de las que ahora huyen los antaño invadidos. De Europa eran quienes institucionalizaron allí la miseria y la indignidad que ahora les expulsa. De aquella Europa altanera y desvergonzada hemos llegado a esta otra, cobarde e insolidaria, que está dejando solos y abandonados a los países del litoral mediterráneo. Pero, ¡ay!, loa más afectados (España, Francia, Italia y Grecia) no parecen dispuestos a llamar a las cosas por su nombre y sacar los colores a esta vieja Europa cada vez más carcamal, cada vez más egoísta y cada vez más insensible. Los gobiernos de los países desarrollados están dispuesto a cerrar sus puertas. España abrió su frontera con Francia, pero ha construido kilómetros y kilómetros de alambradas entre Ceuta, Melilla y Marruecos. La ex ministra de Costa de Marfil, Aminata Traoré, afirmaba recientemente que los asaltos de los subsaharianos a esas alambradas son el resultado del fracaso de eso que se llama en los países europeos “Cooperación al Desarrollo”. Así es. Mientras los gobiernos europeos convocan ruedas de prensa para anunciar ayudas económicas, que parecen muy cuantiosas, los éxodos de africanos que huyen constituyen la imagen que tira por tierra ese optimismo pletórico. Porque los gobiernos del Mundo desarrollado no se atreven a admitir que en el fondo solo son gendarmes al servicio de un sistema económico mundial, el neoliberalismo, que valiéndose de eufemismos como “economía de mercado” o “globalización”, solo sirve para dar una vuelta de tuerca más, tan brutal como definitiva, al capitalismo. Ya no se atisban diferencias notables entre la izquierda y la derecha en este asunto. Unos y otros gobiernan a golpe de encuestas, y han dejado que los ciudadanos lleguen a pensar que los inmigrantes son un problema porque nos incomodan, nos roban el trabajo y se quedan con una parte de las riquezas que nos corresponden. No es de extrañar que la derecha piense de ese modo, pero produce dolor que lo haga la izquierda. La izquierda no debe renunciar al didactismo inherente a su compromiso e ideología: debe educar a los humanos en pos de una idea tan simple como fundamental cual es que el destino de cualquier humano ha de ser el mismo destino de toda la Humanidad. Pero la realidad es sobrecogedora. Aminata Traoré puntualiza en el documental “Los Amos del Mundo”, cuando aborda el comportamiento perverso de la globalización económica, que permite que deslocalizaciones de empresas ubicadas en Europa dejen sin trabajo a los europeos: “Si Europa está dispuesta a dejar en el paro a sus ciudadanos (por mantener y apuntalar el sistema), ¿qué espera para África?”. Un documento elaborado por los progresistas españoles en su Conferencia anual recoge, según las informaciones periodísticas, “que la llegada de inmigrantes indocumentados es nociva para las sociedades que los acogen, pero también para los propios extranjeros”. Se trata de una reflexión tan demoledora como falsa. Ciertamente, les gustará a tantos cobardes y conservadores adictos al sistema, pero la presencia de inmigrantes he hecho crecer nuestras economías, ha cubierto empleos en determinados servicios a los que no desean acceder los trabajadores europeos y ha abaratado servicios, como el doméstico o el de atención a nuestros niños y ancianos, que muchas familias no podrían pagar de otro modo. Es cierto que lo hacen por medio del trabajo negro y la economía sumergida, pero ambas prácticas son sobre todo responsabilidad de los empleadores que se prestan a ellas y, además, forman parte de nuestras economías individuales y colectiva. Por lo tanto, la llegada de inmigrantes no es nociva, al menos de momento, para nuestras sociedades. Sin embargo, donde la afirmación riza el rizo es cuando dice que la llegada es nociva también para los propios extranjeros. Si así fuera, ¿por qué lo hacen?. ¿Por qué se arriesgan? ¿Alguien les ha preguntado a ellos cómo se sienten cuando llegan a nuestras costas? E de un paternalismo aberrante argumentar que se les impide llegar al puerto de su esperanza porque sería perjudicial para ellos. En todo caso, tengo muy claro que quienes han elaborado las encuestas que concluyen que la inmigración es un problema no han preguntado a muchos inmigrantes su opinión al respecto. ¿Son tontos, o masoquistas, los inmigrantes subsaharianos que lo intentan una y otra vez? ¿Es idiota Omar Kunkara, que anunció a su mujer recién repatriado a Senegal que estaba bien y que no se preocupara porque pronto lo volvería a intentar? ¿Es masoquista Alsam Bah, igualmente repatriado a Senegal tras vivir durante 39 días en España, cuando ha afirmado que se subirá cuanto antes a otra piragua porque en España hay paz? Esta es la tragedia: el contraste entre la cerrazón de la sociedad satisfecha e insolidaria y el impulso justo e irrefrenable de los pobres y desheredados del Mundo. UN TUNEL EN EL ESTRECHO DE GIBRALTAR La solución es posible. La inmigración que preocupa no debe convertirse en el virus que endurezca nuestras voluntades. África necesita de Europa, del mismo modo que Europa pierde su honor y su dignidad si da la espalda a África. La distancia que separa a España de África es menor que la que separa a Europa de Gran Bretaña. Si entre éstas dos últimas fue posible y necesario construir un suntuoso túnel para comunicarlas, ¿por qué no construir otro por debajo del estrecho de Gibraltar con el mismo objetivo? Tal vez no resuelva totalmente las dudas pero sería un buen comienzo para sentir a los africanos algo más unidos y cercanos a los españoles y a los europeos. |