| Fernando Gil Soliloquios de primavera Revista Trasversales número 6, primavera 2007 Azores. Foto. El 16 de marzo se cumplieron cuatro años de la reunión que Bush mantuvo con José María Aznar, Tony Blair y Durao Barroso en las islas Azores, para dar un ultimátum al Gobierno de Sadam Hussein. En aquella reunión se decidió invadir militarmente Irak por mantener relaciones con la red terrorista de Al Qaeda y poseer armas de destrucción masiva, a pesar de los informes negativos sobre la existencia de tales armas emitidos por la Comisión de la ONU dirigida por Hans Blix y por El Baradei, responsable del Organismo Internacional de la Energía Atómica. Pero la decisión de derrocar al despótico Sadam Husein ya estaba tomada, y si no se habían hallado pruebas ni motivos sólidos que justificaran una decisión tan grave, al menos se habían puesto en circulación dos buenos pretextos mediante una potente campaña de propaganda. La reunión de las Azores fue inmortalizada por una fotografía, en la que, junto a Bush y Blair, aparece Aznar, despeinado por el viento salino, mirando hacia el horizonte como sólo saben hacerlo los grandes estadistas en los momentos decisivos de la historia. Porque esa foto pasará a la historia, pero por motivos distintos de los buscados por sus protagonistas; pasará a la historia de la infamia, de las grandes mentiras de Estado, de las matanzas de civiles y de las operaciones militares desastrosas. La decisión de las Azores ha tenido consecuencias terribles para Irak. Hasta fin del 2006 habían muerto 2.917 soldados norteamericanos, 126 británicos, 121 de otras nacionalidades y 5.800 iraquíes; 448 extranjeros civiles, 77 periodistas (56 iraquíes) y unos 600.000 civiles. Han sido secuestrados 294 extranjeros, la población en presidio asciende a 13.000 personas y se calcula en unos tres millones las personas desplazadas. Los destrozos y daños materiales son hoy incalculables. Husein y otros altos dignatarios de su régimen han sido ejecutados, el país está enfrentado en una espiral de violencia y en riesgo de perder su unidad. Las tropas invasoras están atrapadas sin saber qué es peor, irse o quedarse. Las armas de destrucción masiva nunca aparecieron ni los lazos del régimen baaz con Al Qaeda, pero ahora diversas facciones del terrorismo islamista campan a sus anchas por territorio iraquí. La invasión para destronar a un dictador, desarmarle, privar a Al Qaeda de supuestas bases de apoyo e instaurar la democracia en el cercano Oriente no ha alcanzado sus principales objetivos, pero ha provocado una guerra civil y aumentado la inestabilidad en la zona. Los tres dirigentes fotografiados en las Azores han caído en el descrédito y los países que dirigen se han convertido en objetivo de ataques terroristas, como aquí bien sabemos. Con aquella fotografía, Aznar creyó que alcanzaba su mayor gloria y sacaba a España del rincón de la historia, pero en realidad colocaba al país que debía proteger en la diana de los terroristas. Aznar. Indulgente y suficiente En el acto de presentación de un libro en Pozuelo (Madrid), José María Aznar, respondiendo a la pregunta de una estudiante, admitió que en Irak no había armas de destrucción masiva. Este reconocimiento, público pero informal y sin rueda de prensa, se produjo el 7 de febrero de 2007, un año después de que Blair hiciera lo mismo, dos años después de Bush y cuatro después de que el mismo Aznar hubiese afirmado que existían tales armas. Hay que recordar sus palabras en marzo de 2003, en el Congreso, regañando a Zapatero por tener la osadía de opinar lo contrario: Se equivoca su señoría. Las armas de destrucción existen y las verá. Créame que Sadam no tiene las armas de destrucción masiva para hacer colección, las tiene para poder usarlas. Y las que dirigió al presentador y a los espectadores de Antena 3, el 13 de febrero de 2003: Puede estar usted seguro y pueden estar seguras todas las personas que nos ven que les estoy diciendo la verdad. El régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva. Pero en febrero de 2007, Aznar opina lo siguiente: Todo el mundo pensaba que en Irak había armas de destrucción masiva, y no había armas de destrucción masiva. Eso lo sabe todo el mundo, y yo también lo sé…ahora. Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes. Pero es que cuando yo no lo sabía, nadie lo sabía. Todo el mundo creía que las había, ¿sabes? La respuesta a la estudiante mereció la ovación de los asistentes, que con sus palmas al cinismo aplaudían también su cretina credulidad y su disposición a seguir dejándose manipular por su falaz líder. Aznar es muy indulgente consigo mismo, tanto como es intransigente con los demás, y de manera displicente ha dejado de lado más explicaciones saliendo del brete con una gracieta de contertulio de casino y mintiendo otra vez, pues no es cierto que nadie lo supiera. Miles, millones de personas de este país y de otros creyeron a los inspectores de la ONU, y no sólo sabían que en Irak no había armas de destrucción masiva, sino también que eran otros los motivos para empezar una guerra, que Aznar, confundiendo la función del estadista con la sumisión del vasallo, consideró preventiva, pero que era una aventura imperial norteamericana, a la que se apuntó encantado actuando no sólo como un socio pasivo, sino como un activísimo promotor de la política simplista y maniquea de los neoconservadores norteamericanos. Entonces, como poco, fue un imprudente, pero ahora es un irresponsable, que se despega de sus decisiones como jefe de gobierno y soslaya con un gesto de cinismo rendir cuentas por un error monumental (que sigue manteniendo), que tuvo el altísimo precio del atentado de 11-M y fue una de las causas de los males de su partido. Aznar. Clásico Aznar, en la presentación del libro del Grupo de Estudios Estratégicos Qué piensan los neocons españoles (¿piensan o copian?), indicó que, para decepción de muchos, él no es neoconservador sino “un liberal clásico”, y a los ojos de sus detractores, una persona “peligrosa” (ABC, 15-3-07). Dejando aparte que el peligro es, en primer lugar, para su propio partido, al que alejó del Gobierno por su artera gestión de la crisis del 11-M, hay que hacer notar que es, efectivamente, muy clásico. Ha dado una respuesta clásica de la derecha, que es calificarse con una etiqueta que no le corresponde y que, además, hoy, define poco. Ser liberal a principios del siglo XIX suponía tener un espíritu reformador y hasta revolucionario y la voluntad de enfrentarse a la Iglesia y a la monarquía absoluta para defender los nacientes derechos de ciudadanía. Entonces, ser liberal en España tenía sus riesgos (Riego, Diego de León, Torrijos o Mariana Pineda son claros ejemplos), hoy no los tiene. Pero lo peor del caso es que se trata sólo de maquillaje, pues Aznar nunca ha sido liberal (su ideario y actitudes son falangistas) y a este paso nunca lo será. La adscripción política de Aznar se perfila cuando, en el mismo acto, declaró su admiración por otros liberales, defensores de la libertad y la dignidad de todos, como Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II. Obispo. También clásico. Dios les cría y ellos se juntan, o mejor dicho, Dios les cría para estar juntos. Al menos en este país, pues es imposible imaginar a la derecha política separada de la Iglesia católica. Pero, aún así, sería esperable que la Iglesia moderase un tanto las opiniones y actitudes más ásperas de la derecha. Vana esperanza. En esta situación de ofensiva de la reacción contra la izquierda en general y contra el Gobierno en particular, los obispos se han puesto al lado, y a veces a la cabeza, de la derecha más montaraz, formando el think tank (Iglesia/COPE-FAES-La Razón/El Mundo) que genera el pensamiento más brutal de la derecha española. En un artículo reciente, “Los idus de marzo” (ABC, Alfa-Omega, 15-3-07, p. 24), el obispo de Jaca y Huesa, Jesús Sanz, arremete contra la política general de Zapatero y se apunta a las tesis del PP sobre el terrorismo y, lo que es peor, a la teoría que atribuye los atentados del 11 de marzo a una conspiración del PSOE para echar al PP del Gobierno. El obispo acusa al Gobierno socialista de poner obstáculos para que se sepa la verdad de lo sucedido en aquellos días de marzo en que Aznar gobernaba. En ese mismo suplemento, se califica de acto de dignidad -“La dignidad ya ha ganado”- la concentración del PP en la plaza de Colón de Madrid para protestar por la concesión de la prisión atenuada al etarra De Juana. El día antes, toda la prensa reproducía un llamamiento del Papa a los obispos para recrudecer la lucha ideológica, con el fin de que la Iglesia católica recupere la influencia que antaño tuvo en Europa. El día 15, el editorial principal de ABC se titulaba “Acoso a la fe católica”, a propósito de unas fotografías, pornográficas según el diario, aparecidas hace tres años en un catálogo subvencionado por la Junta de Extremadura, por el cual Rodríguez Ibarra ya había pedido disculpas. Farsa. Transición falsa. Decía Hegel que los acontecimientos históricos se repiten, y Marx añadió que la primera vez ocurrían como dramas y la segunda como farsas. Nadie en el PP parece ser consciente de eso, pues no suelen leer a Hegel y mucho menos a Marx (ellos se lo pierden) y se les nota. El día 10 de marzo, el PP organizó en Madrid, esta vez directamente, la octava concentración de masas contra el Gobierno aprovechando la lucha contra el terrorismo. Se ve que después de criticar a la izquierda por manifestarse en la calle -pancarteros, zapateros, comunistas e independentistas, criticaba Aznar- le han cogido el gusto a la pancarta. El discurso habitual, machaconamente repetido durante dos años, plagado de mentiras y de frases como traición de Zapatero, cesión ante ETA, renuncia del Estado, entrega de Navarra, ruptura de España, y de interesados olvidos sobre lo que hicieron en esta materia los gobiernos de Aznar, logró congregar a casi 400.000 personas, pero esta vez la escenografía, el montaje teatral, pretendía ofrecer algo distinto de las concentraciones convocadas por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, marcadas por el discurso apolillado del exaltado Alcaraz. En la concentración, concebida ya como un gran acto electoral de cara a los comicios de mayo y como el pistoletazo de salida pensando en el adelanto de las elecciones generales (¿qué puede hacer Zapatero, más que convocarlas, una vez que Rajoy ha sentenciado que este Gobierno ya no vale?), el PP pretendía disimular el olor a rancio, el tufo a franquismo de las anteriores, donde banderas de la dictadura y carlistas, la reaparición de los falangistas y de viejos gritos de adhesión a la España del 18 de julio ponían en entredicho el presunto carácter centrista del PP. En coherencia con la (vana) pretensión de ser los herederos del consenso de la transición, roto según ellos por Zapatero, la concentración pretendió resucitar el espíritu de aquella, como Esperanza Aguirre ha intentado, con idéntico interés electoral, resucitar por unos días la “movida madrileña”. Pero una cosa es montar el nostálgico espectáculo de la “removida” y otra resucitar el espíritu de una época en unos individuos que nunca lo tuvieron. El acto intentó ser una especie de momento fundacional, un hecho histórico dijo Acebes, para que los españoles recuperen la autoestima, dijo Rajoy (que debe tenerla baja tras cinco derrotas electorales), y el equipo que dirige la estrategia del PP buscó apoyo en los símbolos de la transición. Esta vez desterraron la bandera del dictador (pero las había), y se apropiaron de la constitucional, del lazo azul, de la canción Libertad sin ira y Rajoy, que adoptó un tono mesiánico, pidió en su discurso que hablasen los españoles, que fue el lema de la campaña institucional (Habla pueblo, habla) en el referéndum del 15 de diciembre de 1976 para la Reforma Política, cuando los españoles llevaban 40 años sin poder hablar. Olvidaba Rajoy que los ciudadanos ya habían hablado el 14 de marzo del 2004, y les habían echado a él y a los suyos del Gobierno, por mentirosos. El director de escena había intentado montar un revival, pero los actores no le secundaron. Bastaba escuchar a muchos de los participantes que, sin las precauciones de los dirigentes, pedían el Cara al sol y mostraban, como en otras ocasiones, su odio al Gobierno, al socialismo, a la izquierda y al Estado autonómico, sus preferencias por el bando vencedor en la guerra civil e incluso la vigencia de aquel espíritu cainita. Fue una llamada a la involución disfrazada de segunda transición. Es decir, una farsa. Y una estafa política para los millones de personas que creen en el mensaje catastrofista de una derecha desesperada. A la hora de terminar este texto, el PP anuncia una manifestación (preventiva) en Pamplona para impedir -¡Cielo santo!- la entrega de Navarra a ETA. No hace muchos días, ante el proyecto de la ley del vino, ya retirado, Rajoy lanzaba un grito de guerra: ¡Viva el vino! Pues eso, a Pamplona hemos de ir, con una bota, con una bota… |