| Fernando
Gil Raras... pero no tanto Revista Trasversales número 7, verano 2007 Las elecciones locales y autonómicas de mayo de 2007 han sido raras, pero no tanto; lo raro es este país. Estas elecciones no han podido escapar del clima político imperante en España desde hace varios años; han estado influidas -pero no determinadas- por la política nacional, como lo estuvieron las municipales anteriores, dada la tensión entre los dos grandes partidos y la crispación introducida por el Partido Popular en la política desde que obtuvo mayoría absoluta en el año 2000 y acentuada desde marzo de 2004. Recordemos que las elecciones locales de 2003 estuvieron precedidas por el rechazo (una huelga general y frecuentes manifestaciones en la calle) con que una parte importante de la ciudadanía respondió a medidas legislativas del Gobierno de Aznar, como fueron las leyes de Extranjería, de Universidades y de Calidad de la Educación y el Plan Hidrológico, o a decisiones políticas como la invasión de Irak, el decreto de medidas urgentes sobre desempleo (el decretazo), el hundimiento del Prestige o el favor dispensado a Gescartera por altos cargos de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, entre otras. Los resultados de esas elecciones (analizados en Iniciativa Socialista 68 y 69) mostraban cierta erosión del PP y un ligero ascenso del PSOE, mantenido en los sondeos previos a las generales de 2004, que estuvieron marcadas por los trágicos acontecimientos del 11-M y por la artera gestión del atentado que hizo el Gobierno de Aznar con el fin de ganarlas. La victoria fue para el PSOE, pero quedó pendiente comprobar cuál había sido la influencia del atentado sobre los electores. Para el PP, el resultado de las generales de 2004 se debió a una conspiración del PSOE para obtener una victoria ilegítima. Ése ha sido un discurso emitido durante tres años, sin que las conclusiones de la Comisión de Investigación del 11-M y lo que ha ido dejando claro el juicio haya inducido a sus dirigentes a rectificar, sino que, por el contrario, como en 1996, han utilizado el terrorismo en la campaña electoral. En este clima, y tras haber fracasado en el intento de provocar un adelanto de las elecciones generales, en el PP han visto en las municipales y autonómicas la primera ocasión para probar la eficacia de la estrategia de acoso y derribo del Gobierno puesta en marcha en 2004 y una oportunidad para que Rajoy, un gran cosechero de fracasos, pudiera obtener una victoria antes de la prueba definitiva de las legislativas de 2008. Paradójicos resultados Los resultados ofrecen la posibilidad de que los dos grandes partidos afirmen haber ganado. El PP, con 7.914.000 votos en las municipales (35,60%), aventaja en 156.000 votos al PSOE, que ha obtenido 7.758.000 (34,90%), y afirma haber ganado, pero el PSOE, con 24.022 concejales, supera al PP, que tiene 23.348, en 674 ediles. Si España fuera un solo distrito, la afirmación del PP sería inobjetable, pero las elecciones no son sólo un recuento de seguidores, sino un reparto territorial del poder en función del dato primario de los votos obtenidos, y aquí la victoria del PP se torna más problemática, porque el aumento del total de votos no se ha traducido en más poder territorial, pues las 30 capitales de provincia en las que hasta ahora ha gobernado podrían quedarse en 22, en tanto que el PSOE, que gobernaba en 15, podría llegar a gobernar en 22 ó 24 con ayuda de pactos. La explicación reside precisamente en el éxito rotundo alcanzado por el PP en algunas ciudades como Málaga, Valencia o Madrid, que han formado esa bolsa de votos con la que aventaja al PSOE; votos que, una vez cumplida la misión de otorgar la mayoría absoluta, carecen de valor, salvo para indicar el arrastre del programa o de los candidatos, porque no pueden transferirse. Por ejemplo, los votos que le han sobrado a Gallardón en Madrid, una vez alcanzada la mayoría absoluta, no se pueden transferir a otros municipios para conservar alcaldías del PP. Es decir, una vez alcanzado el número crítico necesario para obtener mayoría absoluta, los votos restantes se vuelven inútiles, porque nada añaden al poder ya conseguido. Con otra particularidad, la de que, dado el clima de crispación introducido, al PP le va a ser difícil conservar o ganar concejos por medio de pactos. A estas alturas, y a expensas de lo que salga de las conversaciones en curso, lo cierto es que entre el PSOE y el PP se han permutado algunas ciudades, pero es innegable que el último ha perdido poder territorial. Y eso hay que recordarlo una y otra vez, pues el objeto de las elecciones no es contar el número de seguidores, sino sumar preferencias para decidir quien gobierna. Y desde el día 27 de mayo, el PP gobierna en menos lugares, aunque aumenta su poder en las grandes ciudades. Otra cosa es que el PP aparezca como el único ganador gracias a la eficaz labor de su aparato propagandístico, que ha conseguido neutralizar los malos resultados obtenidos en otras plazas con el triunfo conseguido en Madrid por Aguirre y Gallardón o en Valencia con Barberá. Según un sondeo de Opina para la SER, aparecido el día 1 de junio, el 47% de los encuestados afirmaba que el PP había ganado las elecciones. Chocante opinión teniendo en cuenta la campaña electoral que ha hecho el PP, tratando de rentabilizar el ruido metido con el 11-M, la negociación con ETA, la presunta entrega de Navarra, De Juana o las listas de ANV. Lo cual ha llevado a Rajoy a repetir las mismas ideas en cualquier punto de su periplo, como si hubiera tomado las elecciones municipales en toda España por unas generales en el País Vasco y Navarra, donde los resultados no han sido precisamente buenos. En Navarra, UPN, la homóloga del PP, puede perder la presidencia de la Comunidad Foral y la alcaldía de Pamplona, debido más que al PSOE, que incluso pierde un concejal, al ascenso de Nafarroa Bai. En dos capitales vascas, el PP desciende en porcentaje y en concejales, y en Vitoria, pese a conservar el número de concejales, podría perder la alcaldía a favor del PSOE. Aznar ha avalado la estrategia electoral de Rajoy interpretando las municipales como unas primarias -Es muy importante que estas elecciones sean un paso previo para un cambio de Gobierno, que nunca tal vez haya sido tan urgente y necesario como hoy- y reafirmado el tema de las dos Españas que tanto le gusta: Cada voto que no vaya al Partido Popular va a consolidar la presencia de ETA en las instituciones. Es decir, quien no está con el PP está con ETA. Con lo cual Aznar otorga a ETA una influencia que realmente no tiene. Hay que hacer otra consideración sobre el “partido de la gente sensata”, como lo llama Rajoy, referida a un asunto no abordado en la campaña pero que le toca de lleno: es la corrupción ligada al desarrollo urbanístico. Mal que nos pese, la corrupción ha encontrado buen asiento en la política local y autonómica, y por su importancia como fenómeno general tendría que haber sido un tema de debate en la campaña electoral, favorecido por la reciente aprobación de la Ley del Suelo y la de financiación de los partidos, pero no ha sido así; los partidos se han echado la culpa unos a otros pero no han estado dispuestos a hablar del tema ni a asumir compromisos para erradicar esta lacra. La evidencia de que en todos los partidos hay golfos no puede tapar la de que, después de aquel GIL, en ninguno hay tantos como en el PP. El partido que, según Aznar en 1996, era incompatible con la corrupción, hoy está salpicado por escándalos ligados a un urbanismo salvaje en casi todas las latitudes, pero especialmente en Levante y las islas, y ha presentado en sus listas candidatos acusados de corrupción. También el PSOE y otros partidos locales, incluso IU, están afectados por esta infección, pero quien se lleva la palma es el PP. Lo cual no parece haber afectado en gran manera la conciencia cívica de sus votantes, que en lugares significados por la corrupción urbanística (Castellón, Baleares) han premiado con sus votos a los candidatos corruptos, dejando bien clara su idea de que, por encima de todo, lo importante es tener poder, entre otras cosas, para hacer negocios y no siempre transparentes. Pero hay otro aspecto de la corrupción en que el PP se ha visto más afectado que otros partidos: las actividades poco limpias para influir en el propio proceso electoral al manipular los censos y el voto por correo, ofrecer incentivos en dinero o en especie para orientar (comprar) el voto y permitir la intervención en la campaña electoral de personas ligadas a grupos económicos apoyando al Partido Popular. ¡Qué cosas pasan en el partido de la gente sensata! Madrid: capital de (otra) España Madrid ha sido en los últimos tres años una anomalía en este país. La ciudad ha sido tomada por la derecha más extrema para servir de escenario a todo tipo de concentraciones contra el Gobierno y convertirla en el centro geográfico e ideológico desde donde el Partido Popular ha proyectado su campaña de crispación en todas las direcciones. Madrid ha parecido y parece la capital de otro país, o quizá otro país; un enclave de crispación y propaganda, donde se ha hecho brillar al clericalismo montaraz y al pijerío. Si España fuera Madrid, el júbilo del Acebes y Rajoy por el resultado electoral estaría más justificado, pero en el PP confunden la calle de Génova con todo Madrid y Madrid con toda España, pero ni todo Madrid es así ni España es así, o no del todo así. Y Madrid tiene, además, otros dos rasgos peculiares: es la región de España con mayor crecimiento económico, con el PIB per cápita más alto (29% por encima de la media europea, en 2004), y la otra es que el alcalde es Gallardón, lo cual tiene su importancia, como vamos a ver. La victoria del PP en Madrid ha sido arrolladora, pues ha pasado del 51,3% de los votos en 2003 al 55,5%, mientras que el PSOE ha descendido del 36,6% al 30,8%. Ha sacado al PSOE una ventaja de 389.000 votos y añadido 4 ediles (pasa de 30 a 34), mientras los socialistas han perdido tres (pasan de 21 a 18). Las derrotas son huérfanas, pero a las victorias les sobran padres. En el PP están encantados con los resultados de Madrid, pero el problema viene a la hora de determinar a qué o a quién se deben: si a la gestión de Gallardón y de Aguirre o a Rajoy, que ha convertido Madrid en la capital de otra España, en una campaña electoral planteada como un plebiscito sobre su persona. ¿Quién ha ganado en Madrid, Gallardón o Rajoy? ¿El dirigente mejor valorado de la derecha o el líder que nunca llega al aprobado en los sondeos? ¿El gestor o el crispador? ¿El constructor local o el antiterrorista nacional? ¿Qué ha aportado más votos: las obras o las manifestaciones? ¿Los túneles o las pancartas? ¿Las grúas o los gritos? En el PP ya ven en el resultado de estas elecciones un anticipo de lo que puede ocurrir en las generales de 2008, y han lanzado la idea de que el que gana Madrid, gana La Moncloa, pero el triunfo en Madrid ha aumentado la tensión entre Aguirre y Gallardón por el acompañamiento de Rajoy en las generales o por su propia sucesión al frente de la derecha. Por todo lo contrario, una crisis debida al fracaso (anunciado), también para el PSOE Madrid es como otra España, porque lo que le ocurre al partido del Gobierno en la capital es difícil de entender. El castigo electoral recibido no es sólo otra derrota, sino una derrota mayor. El PSOE fue desalojado de la alcaldía en 1989, por medio de una moción de censura contra Barranco, a quien sucedió Rodríguez Sahagún. Álvarez del Manzano llegó a la alcaldía en 1991, donde fue reemplazado en 2003 por Ruiz Gallardón, que había alcanzado el gobierno autonómico en 1995. Así, el PP gobierna en el Ayuntamiento de Madrid desde hace 16 años y en la Comunidad desde hace doce. En todo este tiempo, en el PSOE se han mostrado incapaces de habilitar una estrategia con un proyecto, un equipo y candidatos con suficiente atractivo como para recuperar, con tiempo y trabajo, el Ayuntamiento y la Comunidad. En lugar de eso, con la Federación Socialista Madrileña dedicada a otras cosas y negocios poco claros y con candidatos como Tamayo y Sáez, en el PSOE se han visto obligados a improvisar recurriendo a una serie de candidatos cuyo interés por la ciudad era hipotético. El último ha sido Sebastián, nombrado a última hora por Zapatero, que, precisamente por eso, ha carecido del apoyo de los socialistas locales. Su derrota estaba anunciada, pero no su posterior renuncia, con lo cual el contador vuelve a estar a cero. Pero el problema es mayor, porque Sebastián no era candidato en Alcobendas, en San Sebastián de los Reyes o en Pozuelo, donde el PSOE ha perdido ediles. Ni es el responsable de que la izquierda haya ido perdiendo el corredor del Henares, ni de que, en general, el PP haya subido en las grandes localidades de la región, aunque en algunas siga en la oposición. Parecida reflexión merece Izquierda Unida, que ha conseguido un concejal más en el Ayuntamiento de Madrid (pasa de 4 a 5), pero ha perdido en bastantes de las mayores poblaciones, lo mismo que los partidos formados a partir de sus escisiones (Iniciativa por San Sebastián de los Reyes, que ha pasado de 4 concejales a 2, y la Plataforma Independiente de Coslada, que ha pasado de 6 concejales a 1, o quizá dos, según como se resuelva el litigio que mantiene con el PP, con quien ha gobernado desde 2003). La pelota está en el alero Lo ocurrido en Madrid no es extrapolable al resto del país, ni el resultado de los comicios municipales y autonómicos, que configuran poderes locales, puede considerarse un seguro anticipo de unas elecciones generales por muy próximas que estén, pero convendría resaltar algunas advertencias que brindan las elecciones del 27 de mayo. La primera es que el PP, dirigido por un equipo derrotado por mentir a los electores ante el mayor atentado terrorista de su historia, se encuentra crecido y ha convertido el tema del terrorismo en el eje de su ofensiva contra el Gobierno. Que la derecha social está enardecida y apoya a sus representantes políticos sin detenerse en consideraciones éticas. Que una gran parte del éxito electoral de la derecha se debe al eficaz trabajo del formidable aparato de propaganda utilizado por el Partido Popular. Que a la vista de los resultados obtenidos con la crispación, no es esperable una tregua de la derecha en su ofensiva, sino más de lo mismo. En estas circunstancias, para la izquierda sería suicida dejarse llevar por el optimismo. La principal tarea del PSOE debería ser movilizar a su electorado y reducir la abstención, suscitando la ilusión de los votantes de izquierda con un programa de reformas y no tanto con el miedo al retorno de la derecha a La Moncloa. Otro tanto cabe decir de Izquierda Unida, pues lo que está en juego es consolidar las reformas emprendidas por Zapatero para llevarlas más lejos, tarea en la que es imprescindible una presión desde su izquierda, o, por el contrario, hacer de esta legislatura un breve paréntesis en una larga etapa de gobierno de la derecha, comenzada por Aznar en 1996, que puede suponer una impredecible regresión social y una profundización de la crisis política de la izquierda. |