| Serge Quadruppani Túnez es el futuro del mundo Revista Trasversales número 22 primavera 2011 Texto publicado con autorización del autor. Versión original en francés. Blog de Serge Quadruppani ¿Triste horizonte y nubes
sombrías? ¿Todo bloqueado, la esperanza muerta? ¡Oh,
no! Rebelándose y echando abajo un poder autocrático, los tunecinos
nos recuerdan a todos que no hay nada más actual que la justa rabia
y la sana cólera. Son nuestros hermanos, nuestros semejantes, y nos
muestran el camino, el de la resistencia popular al imperio. Túnez
es el futuro del mundo Un proverbio marroquí, retomado
con gusto por los argelinos, asegura que “Marruecos es un león, Argelia
un hombre y Túnez una mujer”. Dando una burlona bofetada al machismo,
el primer pueblo del Magreb que se ha desecho del rapaz clan que le chupaba
la sangre ha sido aquel al que le negaban los atributos viriles a los que
se atribuye la capacidad de tener coraje. Retomando las palabras de la redacción de la revista Multitudes, que, en un artículo publicado en Libération (14/01/2011), dijo que “Contra la impotencia de los duros, que nos amenaza a todos, la verdadera alternativa a la violencia de los barbudos y a la brutalidad de los encorbatados sería una política afeminada, algo que urge inventar”, diré ahora que necesitamos rebeliones “afeminadas” como la del pueblo tunecino, que con una desesperación que se convirtió en piel quemada, con piedras y palos, derrocó en un mes a un poder despiadado que parecía eterno. Contrariamente a lo que creen los comentaristas profesionales, el alcance de la revolución tunecina va mucho más allá de los países árabes. Ciertamente, a partir de la caída de Ben Alí, desde Marruecos a Siria, pasando por Egipto, bajo esos inmutables regímenes dictatoriales amigos de Occidente, la gente empieza a mirar con más audacia a esos gobernantes y a sus policías. Pero lo que, hace veinte años, podría haber pasado por una crisis regional, ahora tiene un inmediato carácter planetario. Con la crisis de las hipotecas basura, hemos entrado en una era donde se acumulan fenómenos antes inimaginables. Desde la Fiat-Mirafiori en Turín hasta la fábrica de Continental en Toulouse, la patronal fuerza que los obreros voten condiciones de trabajo cuya lógica última no es otra que la creciente aproximación entre éstas y aquellas contra las que chinos y bengalíes están luchando. A lo largo de varios kilómetros
de la orilla del río Evros en la frontera turco-griega se construye
un muro como el que bordea el Río Bravo. Se subcontrató a
Gadafi para que con sus campos de concentración gestionase los flujos
migratorios africanos. Empeoran las condiciones de vida de los inmigrantes.
Todo ello al servicio de la creación de una gran población
“clandestina”, es decir, fácil de explotar. El próximo escándalo
anunciado será el “descubrimiento” de las condiciones infames de
vida (violaciones, torturas, palizas) en los campos de internamiento libios. Mientras tanto, los intereses de las potencias se hacen indistinguibles (se habla de Chinamérica), las transferencias de la soberanía y la privatización de las regalías socavan los cimientos del Estado-nación y, mientras que los jefes de Estado europeos hacen el ridículo para obtener de los países antes subdesarrollados una vaga promesa de compra de quincallería cuya tecnología pronto será copiada y superada, o para que Beijing compre deuda de los Estados europeos, el modelo social chino (consumo abundante para la clase media, a cambio de ausencia total de libertad política) parece haberse convertido en el sueño de los gobiernos occidentales, que ya no respetan ni las formas del ritual democrático (guerras sin debate previo, tratados europeos aplicados pese al rechazo electoral, etc.) para imponer la alucinación neoliberal. La separación del mundo en Norte y Sur, metrópolis occidentales imperialistas y “tercer mundo”, ha perdido su significado. Pero si el término imperialismo ya no tiene mucho sentido, un imperio se ha extendido por todo el planeta. Citaré un pasaje de la introducción a mi libro La Politique de la peur [éditions Seuil, 2011]: “El imperio es una configuración en movimiento constante de poderes nacionales y transnacionales, simultáneamente autónomos e interdependientes. Oligarquías, bancos internacionales y empresas financieras, mafias, grandes empresas (desde Big Oil, el lobby de las empresas petroleras transnacionales, hasta el sector agroalimentario y la industria farmacéutica), complejos militar-industriales y compañías privadas, industrias del ocio y de la comunicación, servicios que pierden crecientemente su carácter público (policía, magistratura, servicios secretos...), es decir, antes incorporados al Estado y ahora orientados cada vez más por sus propios intereses o por los de una casta dirigente, junto a todo tipo de figuras híbridas, como altos funcionarios mexicanos de los departamentos antidroga aliados con los carteles, generales paquistaníes aliados de EEUU y de los talibanes mientras que a la vez dirigen algunas de las mayores empresas del país, militares cleptócratas argelinos manipuladores del GIA y de otros grupos ligados a Al Qaeda en el Magreb islámico, o la banda de privilegiados que la noche del 6 de mayo de 2007 se reunió en Fouquet’s para celebrar la elección de Sarkozy. En tanto que red de poderes nacionales y transnacionales, el imperio es, por esencia, movimiento, porque el equilibrio entre los poderes que lo componen va cambiando. A la vez, también es absolutamente estático, porque estos poderes comparten firmemente un objetivo: mantener con vida la civilización que les da vida”. Esta civilización se basa sobre una relación tan vieja como el capitalismo, pero que con el desarrollo de la tecnociencia alcanza un grado antes inimaginable. Esa relación es la explotación de los seres humanos por los seres humanos, y la explotación de todos los demás seres vivos por el hombre. Todos los países del mundo son hoy una simple provincia del imperio. Los tunecinos son, a menudo muy literalmente, nuestros vecinos de al lado. Hace mucho que vivimos juntos, que comparten con nosotros (“nosotros” que no somos todos blancos) el queso Camembert, los controles policiales guiados por el aspecto étnico y la islamofobia. Con frecuencia, son tunecinos quienes nos responden cuando llamamos a un call-center, o aquellos que encontramos a nuestro lado en la playa, al borde de la arena caliente, tras haber pasado once meses y medio en las aguas heladas del cálculo económico. Sus manifestaciones se parecen a las nuestras, las autofotografían, las autofilman. Como cualquier internauta de Bombay o Saint-Malo, fueron capaces de utilizar Internet para eludir los medios de comunicación convencionales. Al igual que cualquier manifestante contra la reforma de las pensiones, sabían que el teléfono móvil, instrumento de esclavitud consumista y de vigilancia panóptica, puede transformarse en un vector de propagación de la rebelión. Los tunecinos han verificado con notable intensidad el alcance de una contradicción que el capitalismo intenta superar pero sólo a costa de elevarla hasta una nueva cumbre: el capitalismo tiene necesidad de la creatividad humana, lo que le impide limitarla a un marco determinado pues podría matarla. Por lo tanto, lo que sucede en Túnez
agita profundamente nuestra vida, aquí y ahora. ¿Cómo
no ver todo lo que, pese a unas condiciones mucho más duras, tienen
en común los licenciados en paro que iniciaron la rebelión
tunecina con sus compañeros de Roma, Londres, Atenas, Lyon, Berlín
y otros lugares, víctimas también del agravamiento de la precariedad
y que, a partir de 2009, en sucesivas oleadas y con medios diversos pero
intercambiando modelos de intervención (1), se enfrentaron con los
dirigentes locales y, a través de ellos, con la oligarquía
mundial que quiere hacer pagar a los más explotados, en particular
a los jóvenes, la crisis de su sistema? Que la corrupción “de las elites” es un fenómeno global se demostró claramente cuando todo el mundo ha podido sentir, tras la cohorte de seguidores del régimen, una convergencia de intereses que pasa a través de suntuosas villas y de flujos financieros ocultos, pero más profundamente aún a través de la pertenencia al mismo club de sirvientes del vigente estado de cosas. Esa es la realidad, esa es su pesadilla: desde las lujosas villas de Cartago incendiadas y visitadas por un pueblo orgulloso de su revolución, hasta Fouquet’s, las “cenas del siglo” en el Hotel Crillon de París o las villas del Cap Nègre, no hay más que un paso. En un planeta constantemente telecomunicado, lo que nos separa del asalto de los centros del poder en Europa no es una distancia física, sino mental. Sí, habríamos querido que los comités populares de distrito no sólo hubiesen protegido a la población ante los abusos de los matones del régimen, sino que también se hubiesen hecho cargo de las necesidades cotidianas, repartiendo entre todos los habitantes los productos de los supermercados. Sí, habríamos soñado que las formas de poder surgidas desde la base hubiesen impedido que los viejos dinosaurios lograsen que la antigua política levantase la cabeza amenazando con ocupar de nuevo el centro del escenario. Pero para eso hubiera sido necesario que el ejemplo de Túnez hubiese pasado por encima de las fronteras enseguida, difundiendo la sensación de que es posible otro mundo, otra forma de relacionarse con el poder y con la riqueza. Mientras tanto, no echemos a perder el placer que nos ofreció la “mujer del Magreb”. Desde el año 1989 y del colapso del capitalismo de Estado que había usurpado la hermosa palabra “comunismo”, sabíamos que las dictaduras burocráticas están a merced de una reacción colectiva de coraje y rabia. Hoy, esos jóvenes solidarios de las calles de Sidi Bouzid, Kasserine, Ettadhamen, Intilaka y El Mnihla han demostrado que el rechazo a perder su vida mientras esperan ganársela puede dar la victoria contra los francotiradores de la oligarquía mundial. El día que los explotados europeos dejen de contentarse con broncearse en las vacaciones low-cost que les ofrecen a cambio de su sumisión final después de tantos bellos movimientos sociales, el día en que se reencuentren con sus hermanos sólo unos pocos kilómetros más lejos, hacia el interior, entonces tal vez se podrá ver el amanecer que “dibuja de repente la forma del nuevo mundo” [Hegel, prefacio a la Fenomenología del Espíritu] 19 de enero 2011 Notas 1. Por ejemplo, el “Book Block”, grupos
que se colocaban al comienzo de las manifestaciones llevando escudos de
plástico que simulan ser un libro cuyo título ha sido elegido
por quien lo lleva, lo que tenía la doble ventaja de simbolizar el
patrimonio cultural común amenazado por el neoliberalismo y de servir,
ante la policía, tanto para protegerse como para empujar. |